Orcos en el metro
El andén solitario. Las 22:03, el frío que promete invierno, y una pensando en lo de siempre: trabajas demasiado, total para lo que te pagan, a estas horas debías llevar un buen rato leyendo junto a la chimenea que no tienes, y habiendo cenado, además. Es el último día que...
Es el último día que estoy viva, comprendo de repente, la lucidez que acompaña al último momento según los entendidos. Porque frente a mí avanzan -contra mí avanzan, debiera decir- dos auténticos ejemplares de... orcos. Dudo que Tolkien los tuviera tan nítidos en su imaginación como yo los tengo ahora ante mis ojos. Uno es más alto, corpulento, disimula su terrible condición bajo una cazadora roja y varios piercing, las greñas desmañadas como de adolescente rebelde, pero yo lo sé bien, no es humano, es un orco... de aspecto casi tan amenazador como su compañero, que emite gruñidos apenas audibles mezclados con ronquidos y otros ruidos inclasificables.
Antes de que pueda encomendarme a mi elfo, digo mi ángel de la guarda, éste ya ha previsto y llega el convoy. Subo tan asustada que ni siquiera me preocupo de buscar otra puerta que la de los orcos, el miedo me impide no ya moverme, sino pensar para moverme con acierto...
Me quedo pues pegada a una esquina, intentando hacerme una con el mapa de las estaciones multicolor (cosa difícil porque mi abrigo es negro), gracias a Dios que el vagón va lleno. Los orcos escupen, gruñen y patean ante la total indiferencia de los pasajeros, me asombra su serenidad, ¿o es que no se han dado cuenta del terrible peligro en que estamos todos?
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Autor: MARTA
Marta
Fecha: 16/11/2006 10:43.
